*El Incomparable.*


Hace más de veinte siglos hubo un hombre nacido de una manera contradictoria a las leyes de la vida. Su muerte fue contradictoria a las leyes de la muerte. Vivió en pobreza. No poseyó ninguna riqueza ni prestigio social. En la infancia hizo estremecer a un Rey. En sus primeros años confundió a los sabios. En su edad adulta dominó el curso de la naturaleza. Caminó sobre las olas cual si fueran pavimento y calmó el mar.
No tuvo plantaciones de maíz o pescadería, no obstante pudo preparar una mesa para 5000 personas. Curó a las multitudes sin necesidad de medicamentos y no cobró por sus servicios. Nunca escribió un libro y aún todas las librerías del mundo no podrían contener los volúmenes que han sido escritos acerca de Él.
Jamás compuso una canción y todavía aún sigue proporcionando tema para más canciones que todos los compositores juntos no han logrado.
No fundó un colegio, pero todos los centros educativos puestos juntos no pueden ostentar tener tal cantidad de discípulos. El nunca dirigió un ejército ni reclutó un soldado, ni disparó un arma y todavía no hay líder que jamás haya tenido más voluntarios, los cuales bajos sus órdenes y sin necesidad de disparar un solo tiro, han hecho que muchos rebeldes se rindan y entreguen las armas.
Jamás practicó psiquiatría y todavía Él ha sanado más corazones atribulados que todos los doctores en todas las épocas.
Cuando Él murió, pocos hombres lo lloraron, pero un negro velo oscureció el sol. Aunque los hombres no se conmovieron por sus propios pecados, lo más profundo de la tierra tembló bajo la carga. Toda la naturaleza lo veneró. Solo los pecadores lo rechazaron.
La corrupción no pudo hacer presa de su cuerpo. La tierra que había sido teñida con su sangre no pudo reclamar el polvo de sus huesos.
Una vez cada semana los Centros Comerciales cesan sus actividades y multitudes se dirigen hacia diferentes asambleas para rendirle homenaje y veneración.

Los Hombres del pasado, soberbios estadistas, han llegado y han desaparecido. Los nombres de los científicos y filósofos de antaño también han figurado y se han ido, pero el nombre de este hombre abunda y crece más y más. Aunque el tiempo ha puesto poco más de 2000 años entre la gente de esta generación y la escena de la crucifixión. El vive. Herodes no pudo destruirlo y la tumba no pudo retenerlo. Él está colocado prominentemente sobre el más alto pináculo de la gloria celestial, proclamado por Dios, reconocido por los ángeles, adorado por los santos, temido por los demonios; Él Cristo viviente y personal, nuestro Señor y Salvador.